No hace mucho que sé que es una de las cosas que más temo. Siempre había creído que la soledad era algo necesario, algo íntimo. Siempre. Hasta un día de estos, en los que la niebla no dejaba ver apenas dos o tres metros más allá de tus pies. No cabe creer en la soledad, si antes no se ha experimentado qué es estar rodeado de personas a las que quieres y viceversa, y eso es la peor tortura jamás habida: tener algo y perderlo.
No hablo de una soledad deseada. Deseamos momentos, instantes que sean nuestros, pero no la soledad. La soledad no está hecha para formar parte de nosotros, de nuestra vida, porque simplemente dependemos de todo aquello que nos rodea. Dependemos de un susurro, de un abrazo, de una sonrisa.
Pensé qué sería del mundo sin poder ver nada ni nadie con quien reconocerte, con quien recordar momentos, con quien reír o llorar. Día tras día, ver la gente pasar, y no poder decir nada, ni un hola, ni un adiós. Imaginé qué sería de la vida sin las personas que me rodeaban. Comencé por aquella que ocupa mayor lugar en mi corazón, aquella que me agarra la mano al pasear, aquella que me hace olvidar todo lo demás. Un escalofrío recorrió cada parte de mi cuerpo, desde los pies hasta el último pelo de la cabeza; sentí cómo se me encogía el corazón. Seguí imaginando, más adelante, una vida sin amigos, esos amigos que se cuentan con los dedos de una mano, a los que acudir cuando más se necesita; recordé las infinitas mañanas, tardes y noches que pasamos juntos, y sentí cómo se me encogía el corazón.. No imaginaba una vida sin familia, y fíjese usted si es difícil cuando en estos años, una lo que más desea es sembrar nuevas raíces en otra parte, separarse de la familia. Aún así, esa sensación sí que era nueva, la familia es algo con lo que cuentas desde tu primer aliento, algo que nada te va a arrebatar. Sentí cómo se me encogía el corazón.
Y, ¿qué hay de los demás? A tu alrededor, gente salta, baila, corre, juega, sueña; por un segundo, alguien se detiene para fijarse en aquella pobre persona sola ante el mundo, sin nadie con quien saltar, bailar, correr, jugar o soñar, y siente lástima, nada más que lástima. Y, ¿de ti? ¿Qué hay de ti? Mirar hacia delante, y tan sólo mirar, no poder formar parte de la vida... El primer sentimiento que aparece en mi mente es envidia. Envidia por los demás, que tienen lo que yo una vez tuve y perdí.
Tan sólo pesar en todo esto me aterra. Por ello cada emoción debe ser única y verdadera; cada lágrima y sonrisa, un significado concreto. El mero hecho de pensar que se irán, mata por dentro. Mata por dentro pensar en una última caricia, un último beso, un último adiós.
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